Cuentos de una madre primeriza: la máquina

La odio. La odié desde la primera vez que la vi, con sus embudos y sus cables succionadores, pero al mismo tiempo, no puedo vivir sin ella.

La máquina, así le llamo yo. La saca leche, así le dice mi marido. La ordeñadora, según mi suegro. Esa pequeña ruidosa que extrae de mí hasta la última gota, que a veces me da alegrías cuando salen cinco onzas y otras me da malos ratos cuando solo me da una mísera onza. 

Esa que cargo todos los días cada mañana al trabajo, limpia y desinfectada, con botellas listas para ser llenadas. Es la misma que regresa cada tarde con algunas gotas secas de leche aquí y allá, con botellas a medio llenar. La cosecha de cada día.

Fue mi esposo el que la sacó de la caja, leyó las instrucciones, lavó, desinfectó y preparó todo. Yo no quería ni mirarla. Me aterraba la sola idea de pensar que una máquina me iba a exprimir las tetas. Mi niña tenía tres semanas.

Poco a poco me fui atreviendo. Ella reposaba sobre la mesa del comedor, yo la miraba de reojo desde el otro extremo de la sala. Allí estaba, esperándome pacientemente. Leí las instrucciones, me senté frente a ella, la miré, observé todos los botones, las copas, los cables, las membranas. No pude bregar. Me levanté y volví a mi sillón al otro lado de la sala. Mi bebé ya tenía un mes.

Unos días antes de año nuevo me di cuenta que me faltaban pocas semanas para volver al trabajo y que tenía que superar la changuería y ponerme a hacer un buen banco de leche para mi peque.

Y así, como todas las madres que cuando se trata de sus niños se olvidan de sus miedos, sus fobias y sus dolores, me senté frente a ella, preparé las botellas y sentí la ventosa que se hace cuando los conos se pegan a los senos y la máquina comienza su función. A sacar leche se ha dicho.

Dos onzas aquí, tres onzas allá. Una noche desvelada y cuatro onzas más y al cabo de dos semanas ya tenía mis 40 onzas congeladas en sus bolsitas especiales. Y el miedo a la máquina se había disipado, aunque el odio profundo no. La sigo odiando, todavía me duele pero me satisface saber que gracias a ella mi hija come todos los días.

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