Cuentos de una madre primeriza: El quinto día

Parí cinco días antes del Día de Acción de Gracias. Esos primeros días los viví en una combinación de dolor provocada por las 20 horas de contracciones, el desgarre perineal y los pezones lacerados.

image Pero al quinto día me levanté de mis dos magníficas horas de sueño con una extraña energía que me motivaba a moverme y hacer cosas sin parecer el zombie que había sido hasta entonces.

Me lavé los dientes, no recordaba la última vez que había logrado tal hazaña. Me duché y me lavé la cabeza, actividad higiénica que no había podido hacer en muchos días por esa extraña regla de que las recién paridas tienen prohibido lavarse la cabeza. Me vestí y encontré en mi closet uno de los poquísimos vestidos "teta friendly" que poseo.

Luego, me guillé de supermamá y decidí hacer unos brownies para no llegar a casa de mis padres con las manos vacías de comida y llenas de niña y sueño insoportable. Todo iba bien, hasta que me di cuenta que no teníamos mantequilla, ingrediente indispensable. Pero como toda supermamá decidí resolver con lo que sí tenía: aceite. Todo seguía bien, de todos modos no era tanta la cantidad que necesitaba, pero cuando fui a buscar la botella me di cuenta que era de oliva y además extra virgen, traído directamente desde el pueblo de mi suegra en Granada, España. Se lo eché, después de todo, según mi marido, no hay mejor aceite que ese.

Puse los brownies en el horno y fui a buscar a mi hija, que justo en ese momento despertó. La lavé, le cambié el pañal, le puse un vestido azul con falda de tul y unas medias rosas que imitaban unas tenis Converse (combinación escogida meses antes por mi madre). Busqué una cinta para la cabeza, pero todas le quedaban grandes.

Desperté a mi esposo, lo dejé con la niña, mientras le planché una camisa. El se arregló en el tiempo que tardé en ponerla en el carrito y sacar los brownies del horno. Llegamos a casa de mi madre a una hora prudente y yo me autoproclamé la supermamá, hasta que llegó la hora de probar el brownie.

Me costó un poco cortarlo. En ese momento debí haberme dado cuenta que algo no andaba bien, pero no lo hice. Como estaba recién parida, me dejaron ser la primera en probarlo, menos mal. ¿El sabor? Indescriptible, pero lo intentaré: era una masa seca por dentro y aceitosa por fuera, el chocolate parecía que se había cogido unas vacaciones y el aceite de oliva le dio un sabor a tostado que te dejaba una amargura en la boca insoportable.

Después de ese primer bocado cogí mi plato; le quité el cuchillo a mi esposo, que intentaba cortarse un pedazo y agarré la bandeja y directo a la basura. Entre lágrimas, al saberme sin superpoderes de mamá, me serví un suave y delicioso flan de queso hecho por mi tía. Entonces me arropó un sueño inmovilizador que me llevó al mundo de morfeo en dos segundos. Ya habrá tiempo para ser supermamá.

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