Daría mi vida por ti

  • 17/11/2013
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Los perros son seres vivos, sufren y son capaces de dar el mayor amor. Piensa en ello cuando tengas uno.

Por: Paloma González Loché

«Me habían metido en un paquete con agujeritos pero era incapaz de ver a través de ellos así que no tardé en quedarme dormido sobre el serrín que a veces me hacía estornudar cuando se me metía en la naricilla.

Cuando abrieron la caja desperté en una casa donde había dos niños que aplaudían al verme y se peleaban para tomarme en brazos. Vi un árbol lleno de bolitas y cosas brillantes y así pasó un tiempo. Yo era feliz y a veces se enfadaban conmigo porque no entienden que tengo que mordisquear para ayudar a que salgan mis dientes porque me duelen bastante las encías, aunque no me quejo, como tampoco me quejo cuando los niños me tiran de las orejas para jugar conmigo.

Se enfadan mucho todos si se me ocurre dejar suciedades en casa y me pongo triste, hasta que aprendí que eso se hacía en la calle; me sentía orgulloso un par de meses después porque no ensuciaba la casa ni mordisqueaba todo pero entonces ni los niños jugaban conmigo como antes ni me sacaban de paseo. Los humanos me confunden.

Un buen día, ya en verano, mi dueño me metió en el coche y me extrañó este viaje en solitario pues siempre íbamos en grupo a un sitio que huele fatal y llaman gasolinera para dar de comer al coche, que también come. Me despisté husmeando por ahí y ¡de repente me di cuenta de que mi amo se había olvidado de mí! Tenía hambre y sed, hacía calor. Y llegaban coches y coches pero ninguno era el mío.

¡Por fin alguien se acercó con comida y agua después de dos días y dos noches! Me acariciaban y comentaban entre ellos, pero se iban dejándome solo otra vez. Mi amo no recordaba, al parecer, donde me había perdido.

Al tercer día llegó un señor y ¡zas! me colocó una correa para llevarme a un coche grande donde había otros perritos como yo con mirada triste y nos lamíamos entre nosotros consolándonos hasta llegar a una casa enorme donde nos fueron bañando de uno en uno. Nuestro médico nos examinaba pinchándonos después con unas agujas; parecido a los primeros días en la casa de mis amos, pero no nos daban “chuches” después. ¡Bah! Ahora que podía jugar con mis compañeros me meten en una habitación al aire libre, pero con rejas y no puedo corretear. Allí solía haber horas de visita humanas.

Al día siguiente de nuestra llegada vinieron muchas personas y se paraban delante de nosotros. Alguno de los perritos más juguetones conseguían que se abriesen sus jaulas e iban con quienes pensaba serían sus nuevos dueños. Yo estaba triste y tumbado aunque no paraba de mover la colita; me gustaban pero se iban y así una y otra vez. Pasaron algunos días.

Una vez, durante las visitas, una señora rechonchita se fijó en mí y abrieron la puerta de mi jaulita poniéndome una correa. ¡Qué contento estaba, no paré de dar lametones en la mano a mi cuidador! Entonces la señora me acarició las orejas y ¡mira que no me gusta! pero en aquel momento supe que algo bueno me iba a pasar. Tomó mi correa y recogió unos cuantos papeles que decían eran “instrucciones y mi cartilla” ¡que maldito si sé para qué sirve! y salimos de aquel caserón hacia otro coche, el de mi nueva mamá.

Mi nueva mamá me llama "Trasto" y tengo que acostumbrarme al nuevo nombre. Fuimos a su casa. Tengo una camita mullida junto a la suya y una mantita sólo para mí. Me preocupo mucho para no hacer nada de lo que sabía que molestaba a la otra familia.

Salimos juntos varias veces de paseo y siempre que hago algo que le agrada me regala un premio: por eso procuro hacer las cosas bien desde el principio.

Sus caricias son tiernas y permite que me suba con ella al sofá. ¡Al sofá, nada menos! No me falta ni la comida a mis horas ni el agua y hasta algún extra de las cosas que me gustan de su puchero.

Habla conmigo y muchas veces comprendo lo que me dice; siempre escucho atentamente y es más fácil cuando me pide cosas que sé lo que son. ¡Hasta tengo juguetes y una pelota!

Cuando vamos en coche temo se olvide de mí y no pierdo ojo a ninguno de sus movimientos. ¡Daría la vida por ella, sin dudarlo! ¡La quiero, incluso más que a mí mismo! Mi felicidad es ver su felicidad y más si descubro que tuve algo que ver con eso»

Y esta es la historia de un perrito que consiguió ser feliz. 

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