Otoño de castañas y calabaza

  • 04/11/2013
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 Me fascina el otoño. Me apasiona su color a miel, grosella y chocolate  ; su sabor a calabaza y castaña;  su aroma a lluvia lejana. Es capaz de robarle protagonismo al sol, de restarle importancia a los pétalos, de mudar la tez de la gente.   

    El otoño es la estación de la nostalgia, de la mirada perdida en algún lugar, del alma suspendida... Supongo que te devuelve a la realidad pero a la vez te envuelve de poesía.   

    Es el momento del declive estival. Y en los momentos de declive, uno siente más que nunca que posee el poder de la resurrección. Te recuerda la exigencia de renovarte sin descanso.   

    Emerges al alba con la piel salpicada de escarcha tibia. Observas la calidez de los árboles desnudos. Y te provoca un sentimiento de añoranza tan bello que no deseas otro horizonte para tus ojos.   

    En otoño, el espíritu tiembla. Se sabe vulnerable frente al viento, el frío y la lluvia. Se confiesa cobarde ante la ausencia de luz intensa y de colores. Y yo, prefiero un espíritu que duda y cuestiona, que no se siente engreído. Nunca me he fiado de los momentos de efusividad que regala la primavera. Me parece tan inmensa esa decadencia otoñal que no anuncia final...   

    Me muevo en una especie de baile somnoliento. Me paseo con sosiego. Me acuno entre la realidad y la fantasía. Y al final del día, un breve escalofrío recorre mi piel, invitándome al crepitar del fuego.   

    Vendrán nuevos otoños, y con ellos, el meditar del alma vagabunda. Y yo seguiré adorando esta estación que me apacigua con sus tonos ocres y la mudanza de la brisa.....

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