La evolución de nuestra higiene personal

  • 02/11/2013
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Darnos una ducha con jabón y peinarnos mientras nos miramos en un espejo es un hábito casi natural Pero no pesemos que esta rutina la ha tenido siempre interiorizada el ser humano. Conozcamos el origen de nuestro aseo personal.

Cuentan las crónicas que la brillante escritora Mary Wortley Montagu (1689-1762), mujer de probada elegancia entre la sociedad londinense del siglo XVIII, salió así al paso de cierto comentario acerca de la dudosa limpieza de sus manos: “¿A esto le llama estar sucias? ¡Qué diría entonces si me viera los pies!”. Recuerdan también que después del primer baño de recién nacido, Luis XIII, no volvió a conocer lo que era bañarse hasta que no cumplió los siete años.

A la falta de aseo tampoco se oponían los médicos, quienes aconsejaban no tomar baños “a la ligera”. Arnau de Vilanova (1238-1311), famoso médico valenciano que estuvo en la corte de Pedro el Grande y asistió a diversos Papas, era de la opinión de que “la cabeza debe lavarse cada veinte días y nunca más de una vez por semana, pues puede ser malo”.

Y es que, aunque hoy todas las familias disponen de baño en sus casas, todavía a mediados de siglo el hábito del aseo era una excepción y la mitad de los hogares españoles carecían de él.

Pero veamos, uno por uno, los distintos objetos que podemos ver en un cuarto de baño y conocer cual es la pequeña historia de cada uno de ellos.

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Espejo
Aunque el reflejo del agua debió de ser el primero, al aprender a pulir el metal hacia el año 3.000 a. de C. los sumerios iniciaron la fabricación de espejos de bronce encastrados en marcos de madera y marfil. Pero es a los sopladores de vidrio venecianos del siglo XIV a quienes debemos el poder contemplarnos en espejos de cristal.

Papel higiénico
Ya se había comercializado un papel a mediados del siglo XIX, pero nadie era tan delicado como para no poder limpiarse con periódicos atrasados. Fue hacia 1880 cuando, al introducirlo los hermanos Scott de Nueva York en forma de rollo, éste empezó a popularizarse.

Cisterna
No cundió el ejemplo de aquellos depósitos de cerámica que desaguaban sobre las inmundicias en el palacio de Knossos allá por el año 2000 a. de C. hasta que en 1884 Thomas Crapper, hojalatero de la corte británica, inventó el W.C.

Cepillo de dientes
Un manojo de cerdas de los puercos siberianos sujeto a una cañita de bambú fue el primero. Importados a Europa por los mercaderes a finales del XV , como resultaban demasiado ásperos para las dentaduras europeas, la higiene bucal no se impuso hasta que no estuvieron a la venta los asépticos cepillos de nylon, hacia 1940.

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Toallitas de papel
Al ser insuficiente la producción de algodón en la Primera Guerra Mundial, apareció para uso sanitario en el frente otro producto con igual poder de absorción: el cellucotton. Tras la contienda, el superávit de éste invadió los mercados, y las estrellas de Hollywood comenzaron a usarlo como toallitas desmaquilladoras y luego como pañuelos de nariz.

Colonia
El barbero italiano Jean-Baptiste Farina llegó a la ciudad alemana de Colonia en 1709 a probar fortuna como perfumista. Aprovechando las propiedades desinfectantes del alcohol, lo mezclo con fragancias ácidas y mentoladas. La receta tuvo éxito y la bautizaron como agua de colonia.

Jabón
El producto más básico para limpiarnos arrancó de los hititas y los sumerios hace cuatro milenios, aunque su preparación por la mezcla de grasa o sebo animal con agua y cenizas con un alto porcentaje de potasa se localiza en Fenicia hacia el año 600 a. de C. La pastilla cremosa que hoy conocemos data de 1879 y es obra del americano Procter y de su primo el químico Gamble.

Peine
Se cree que las remotas tribus africanas de la prehistoria usaron las espinas de los peces para peinar sus cabellos antes de que, en el siglo VI a. de C., los egipcios fabricasen los primeros. A lo largo de los tiempos, todos los pueblos se han servido de ellos, excepto los primitivos británicos, que se mantuvieron desgreñados incluso durante su dominación romana, hasta que fueron invadidos por los daneses hacia el año 800.

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Maquinilla de afeitar
Las pinturas rupestres muestran que 20.000 años atrás los hambres ya se afeitaban. Aunque el instrumental del barbero se perfeccionó en cuanto supieron trabajar el hierro y el bronce, la solución a los frecuentes cortes en el rasurado no apareció hasta la maquina de cuchillas, inventada a comienzos de siglo por Gillette.

Peluca
Una de las personas que más afición tenía a las pelucas era Isabel I, que escondía su alopecia de las miradas de la corte del siglo XVI con pelucas pelirrojas. Sin embargo, la costumbre surgió en Egipto hace 15 siglos no para ocultar calvas, sino como un complemento del vestido ceremonial.

Champú
Para eliminar del pelo el sebo natural el cuero cabelludo, en Egipto se lavaban con agua y zumo de limón. No obstante, cada peluquero guardaba en celoso secreto su propia fórmula, costumbre que imperó en los salones de belleza hasta que los alemanes descubrieron en 1890 los detergentes en que se basaron los champúes posteriores.

Secador de pelo
Curiosamente, nació como fruto de dos inventos que no tenían relación: la aspiradora y la licuadora. Sus fabricantes asociaron ambos electrodomésticos al secado del cabello por chorro de aire. La idea hizo furor entre las mujeres de los años veinte, pero la aparición del de mano aún se hizo esperar al faltar el motor pequeño y de baja potencia.

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3 comentarios

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matheus matheus@gmail.com20 d octubre d 2014 a las 15:55 (UTC)
gracias
matheus matheus@gmail.com20 d octubre d 2014 a las 15:53 (UTC)
resuma tudo para mim
Rosa 2.013
Ochoa de Eribe Gomila Rosa10 d noviembre d 2013 a las 20:59 (UTC)
INTERESANTE ARTÍCULO.GRACIAS.

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