El Convenio R.A. (Indígnate si quieres, pero guarda las tijeras y mueve el culo)

"Podemos generar ingentes cantidades de ingresos, crear empleo, parar la deuda y reactivar la economía,sin subir impuestos, sin necesidad de recortes, sin ayudas, donativos ni rescates y lo más importante:  SIN DEUDA."

El Convenio R.A.(indígnate si quieres, pero guarda las tijeras y meuve el culo)

Convenio R.A. de Ediciones.Octubre 2.011. 252 pags.A-5.

Reserva de ejemplares: ritmosensor@hotmail.com

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Convenio, que estaba sentado en el sofá, les dijo a sus padres:

―Acostaos, que os voy a contar un cuento.

Sus papis se sorprendieron, pero sin rechistar se fueron al baño a cepillarse los dientes.

 

A los pocos minutos, se estaba viviendo la historia al revés. Los papis en la cama y el niño contándoles un cuento. Una Historia para dormir, porque la esperanza es el mejor somnífero natural y sin efectos secundarios.  El relato que seguía les iba a resultar familiar y esperanzador al mismo tiempo.

El Papá niño, empezó el cuento mientras los niños Papás, eran todo oídos:

“Había una vez en un prado próximo a un pequeño pueblo, un árbol que daba unas manzanas grandes y deliciosas. Los vecinos se abastecían de él. Al principio cada uno arrancaba las que necesitaba para subsistir. Ni una más. Nadie daba órdenes a nadie, las manzanas eran de todos. Se fue creando una primera costumbre: coger manzanas sin hacer preguntas. Nadie pensaba en tomar más de las que necesitaba. Un día, uno de los hombres se puso enfermo y le preguntó  a su vecino, si podía recoger unas manzanas por él. El vecino aceptó y durante unas semanas además de las suyas, recogía las del enfermo. Este  empezó a acostumbrarse a que alguien le hiciera el trabajo y el sano al darse cuenta ,que ahora, además de estar haciendo un favor que nadie le recompensaba, más que con unas simples gracias, de regreso a casa, tenía que cargar con el doble de peso que antes. Un día decidió que seguiría recogiendo las manzanas de su vecino, pero se quedaría con una cada vez.

Cuando alguien se ponía enfermo o tenía que ausentarse del pueblo, le pedía el mismo favor  a aquel vecino, aceptando que se quedara con una manzana cada vez, en pago por sus servicios. Poco a poco, el hombre empezó  a acumular en casa, las manzanas que sus vecinos le cedían, mientras  dejaba en el árbol, marcadas con una X, las que le correspondían a él y no había recogido. Ahora eran suyas. Paulatinamente fue empleando a otros vecinos del pueblo, para recolectar sus manzanas, almacenarlas o entregarlas a los nuevos clientes, y a los vecinos enfermos.

Cuando llega el otoño, las únicas manzanas que quedan  en el pueblo,  estaban marcadas en el árbol o guardadas en su casa. Un día, cuando los vecinos iban a coger manzanas, se encontraron con el prado vallado y un cartel que decía.

                              Propiedad privada, prohibido el paso.

A pesar de que hubo algunas reclamaciones al principio, los vecinos del pueblo se  acostumbraron enseguida  a la nueva situación. Al menos consiguieron que abriera la cancilla. Lo que muchos años después llamarían el grifo.

A partir de ahora, cuando los vecinos quieren manzanas se las piden al nuevo manzanero del pueblo. Éste las vende a cambio de dinero, o  lo presta con un interés que él mismo fija. Pero no  vende o  presta a todo el mundo: Sólo a aquellos que le han demostrado ser solventes en ocasiones anteriores. Sin embargo la primera vez les exige garantías (tierras, gallinas, vacas pero sobre todo dinero). Poco a poco el manzanero acumula riqueza y gran parte de los vecinos deudas. Como el negocio le va bien,  planta más manzanos  y compra otros prados en pueblos cercanos, en otras provincias y en otros países. Después repite la operación con perales, limoneros, nogales, castaños y todo tipo de árboles.

Y aunque le llamen “Manzanero”, se da cuenta que la fruta no es lo suyo, de manera que acuerda con sus  hermanos y familiares,  que será mejor que se encarguen ellos de las manzanas propiamente dichas y él lo hará del dinero, que es realmente  su especialidad. Algunos vecinos, sobre todo los más jóvenes y ambiciosos, quieren participar en el negocio. Son los emprendedores. Con ahorros que nadie sabe bien de donde salen, o pidiéndole prestado al manzanero, compran algún manzano o abren una empresa de transporte de fruta, una asesoría o una imprenta para hacer las facturas y documentos del manzanero. La voz de los más débiles se hace oír y consiguen algunas de sus reivindicaciones: mejores salarios, reducción de la jornada de trabajo, derechos de la mujer y de los niños, baja por enfermedad, educación, etc. Todas estas actividades son necesarias para los trabajadores, sin embargo al manzanero le suponen un gasto innecesario que por otra parte no quiere asumir. En el pueblo se abre una Oficina del Estado, cuya finalidad es controlar en lo posible aquel desbarajuste y asumir  las funciones de las que el manzanero huye. Hacen falta ingresos con los que poder hacer frente a los gastos sociales y de mantenimiento del aparato que se va formando. Cuanto más participa el Estado y más labores sociales desempeña, más ingresos necesita, porque más gastos tiene. Los ingresos proceden del manzanero, sus familiares y los vecinos. A nadie le gusta contribuir, pero es normal que la mayoría piense aquello de que pague más, el que más tiene. Cosa que lamentablemente no sucede. Se fijan impuestos por manzana vendida y aranceles para la fruta importada. Impuestos sobre la Renta y de Sociedades, cotizaciones a la Seguridad Social y subsidios de desempleo. El Estado y los vecinos bailan con la más fea y el déficit (la diferencia entre ingresos y gastos) aumenta. De poco sirve que a Mariano le hagan Jefe por un día en el trabajo o que el manzanero cree la Fundación Internacional de la Manzana. El verdadero peso de la situación lo llevan el Estado y los vecinos. El pueblo del cuento está en España, y España en Europa. Y Europa dice que toca apretarse el cinturón. Conocí una vez de refilón a un señor que dice que hay que cambiar cuando todo va bien. Qué bien le vendría esa frase a este cuento. Lamentablemente el déficit no es ningún cuento, sino una triste realidad. De pronto y por su culpa los vecinos pierden en días lo que tantos años les costó conseguir.

Llegado este momento, Mamá Necesidad y Papá Ingenio se quedaron dormidos, como dos bebés, abrazados pero sin chupete.

Convenio le dijo a la cabecera de la cama:

―Por aquello del suspense, aquí se termina el cuento. Por ahora.

Se cepilló los dientes y se acostó. Se quedó dormido de inmediato, quizá  porque de todos, era el que más esperanza tenía.

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