Tánger de ida y vuelta

Una breve visión sobre la ciudad fronteriza marroquí

Atravesar el Estrecho de Gibraltar en estos tiempos no es precisamente un relajado paseo en barco. Al menos eso pensarán los que lo cruzan en embarcaciones roídas desde el sur hacia el norte mientras observan las olas y protegen silenciosos sus mochilas cargadas de esperanzas e ilusiones.

Una pregunta fugaz: ¿por qué está el mundo tan lamentablemente mal repartido?

Nosotros nos encontramos en el lado afortunado del mundo, entre los que hacen el recorrido en sentido inverso, a bordo de un moderno y rápido ferry, con billete de ida y vuelta, pasaporte en regla, barrigas rollizas y sonrisas de oreja a oreja. Lo tenemos todo o al menos todo lo indispensable, nos quejamos por nimiedades y hayamos conflictos en cualquier discrepancia insignificante. Habría que ver qué haríamos, cómo responderíamos, cuál sería nuestro punto de vista si por un pequeño espacio de tiempo estuviéramos en la piel de los africanos. Y es que hoy en día la empatía no es más que un manido concepto que utilizamos en las reuniones sociales para posicionarnos torpemente en nuestro entorno más con palabras que con hechos. Sin duda alguna es mucho más fácil hacerlo así.

Pero pasemos al viaje. África es imprescindible a pesar de todo, cualquier viajero lo sabe, y Marruecos puede ser el enlace perfecto, el primer sorbo y la degustación preliminar de algo mucho más grande.

No obstante, cambiemos el chip. Tánger es ciudad fronteriza, repleta de buscavidas ávidos de abordar y embaucar al turista por lo que aquí cambian las normas europeas: nada de pasar desapercibido y campar con libertad. El perceptor llama en este caso la atención, es completamente percibido. Por tanto siempre habrá un marroquí detrás de uno, aconsejando, ofreciendo, mintiendo, vociferando incluso. Saben todas las tretas, pero se debe asumir con calma, pues son pacíficos y no suelen infringir la ley. Lo mejor es elegir un guía lo antes posible, acordar un precio con él y manejarlo de acuerdo con los propios intereses, vigilando que no nos lleve a su terreno, a sus tiendas y restaurantes concertados.

 

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Una vez aceptado esto, Tánger aparece en su esplendor. El olor a especias, el tumulto en los zocos, las miradas furtivas, las mezquitas y las casas blancas, las calles serpenteantes y encantadoras, la deliciosa gastronomía, ... Todo un regalo para los observadores, que a duras penas tienen tiempo para asimilar todo lo que perciben en un arrebatador flujo multicolor y policultural.

 

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Pero de vuelta al barco, se vuelve a buscar pateras en el horizonte y se hace uno la promesa interior de hacer algo al respecto. Penoso que el pensamiento se olvide con frecuencia tan pronto como cualquier otra estupidez acude a la cabeza para ocupar nuestro tiempo.

 

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