El ojal de G

Cada mañana se levantaba con la misma idea: "rojo, verde, azul o amarillo. Que combine con el cinturón, que tenga el mismo tono que los calcetines, que no sea demasiado estridente, pero que tampoco pase desapercibido".

Día tras día, G se miraba frente al espejo y revisaba uno por uno sus botones, todos blancos inmaculados, perfectamente cosidos, entrelazados con la tela de sus camisas italianas que tanto le gustaban.

"Todo en orden" se decía, y salía de casa.

A medida que pasaban las horas, el nerviosismo aumentaba. G se levantaba cada 65 minutos para revisar que todo seguía tal cual lo había dejado esa mañana. "Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Seis botones blancos, perfectamente ajustados a esta camisa recién planchada". 62 Minutos más tarde, el ritual se repetía: "Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. Seis botones blancos, perfectamente ajustados a esta camisa recién planchada".

La jornada avanzaba y G sabía que antes o después volvería a pasar. Se levantaba y fumaba, se tocaba los botones, observaba las miradas de los demás, por si en sus reacciones pudiera descubrir al artífice de esta rutinaria pesadilla.

Las luces se apagaban y el reloj marcaba las 19:00. "Hasta mañana amiguitas" canturreaba a sus notas de tareas pendientes. Justo en ese preciso instante en que se levantaba, ahí estaba. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis; seis botones blancos ajustados a una camisa, todos ellos envueltos en ojales inmaculados. Todos menos uno. Ese sexto enemigo que se había convertido en su peor pesadilla. Girado 45 grados respecto a los demás, con un hilo morado de seda que cubría el botón con gracia.

G se frotaba los ojos. Quería pensar que no era posible. Nadie había estado esa tarde con él. No había tenido salidas ni reuniones... pero allí estaba. Un día más. Aquel ojal endiablado que hacía de sus días una eterna pesadilla, una espera angustiosa que rompía con su inmaculada imagen.

Ya en casa, antes de apagar las luces, G se acercaba a la percha de la ropa del día siguiente y repasaba uno a uno los botones de su nueva camisa. Mientras tanto, frente a él, mirándole con su ojillo rasgado, ribeteado en hilo de seda blanco, el responsable de esta traición pensaba: "naranja, gris, rosa, marrón o negro. Que combine con el cinturón, que tenga el mismo tono que los calcetines, que no sea demasiado estridente, pero que tampoco pase desapercibido".

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1 comentario

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Verónica Oliva25 d septiembre d 2013 a las 09:14 (UTC)
Bonito relato...

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